La participación cristiana en la lucha por los derechos de los explotados, oprimidos y excluidos

Por MSR - Comisión de Teología | 1 de marzo de 2025 | Seccion: Teología
ENSAYO

Introducción

La lucha por los derechos humanos y la justicia social no es una causa que concierna únicamente a ciertas ideologías, comunidades o tradiciones religiosas. Es una exigencia ética universal que interpela a toda la humanidad. En este horizonte, la participación de los cristianos en la defensa de los explotados, oprimidos y excluidos no es un añadido opcional a la fe, sino una dimensión constitutiva del seguimiento de Jesús. Desde sus orígenes, el cristianismo ha contenido una profunda vocación de justicia y liberación. En el momento actual, marcado por nuevas formas de exclusión, crisis ecológica, migraciones forzadas y desigualdades estructurales, esta participación sigue siendo vital y necesaria. Este ensayo explora los fundamentos teológicos, los aportes históricos —especialmente los de la teología de la liberación— y las formas concretas en que los cristianos contribuyen hoy a la construcción de una sociedad más justa y equitativa.

Fundamentos bíblico-teológicos: la dignidad humana y el Dios liberador

El cristianismo se asienta sobre la convicción de que todo ser humano posee una dignidad intrínseca, otorgada por Dios, que ninguna estructura social, económica o política puede legítimamente suprimir. Esta enseñanza no es una mera afirmación doctrinal: es una llamada a transformar la realidad para que esa dignidad sea reconocida y protegida.

La Escritura da testimonio de un Dios que escucha el clamor de los oprimidos y actúa en la historia para liberarlos. El Éxodo narra la liberación de un pueblo esclavizado como acontecimiento fundante de la fe. Los profetas denuncian con dureza a quienes dictan leyes injustas, explotan al pobre y acumulan riqueza a costa del débil. Jesús de Nazaret asume esta tradición y proclama la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos. Su práctica de cercanía a los marginados, su confrontación con los poderes religiosos y políticos, y su ejecución como subversivo revelan que el Reino de Dios no es una promesa puramente espiritual, sino una dinámica que irrumpe en la historia para desmontar las relaciones de dominación.

Para los cristianos, por tanto, el valor intrínseco de cada persona es el fundamento de una sociedad sin discriminación, sin opresión y sin explotación. La fe no puede quedarse en el ámbito privado: debe traducirse en compromiso público con la justicia.

La teología de la liberación: una concreción histórica latinoamericana

La participación cristiana en la lucha por los derechos de los oprimidos alcanzó una formulación sistemática en la teología de la liberación, surgida en América Latina en los años sesenta, en un contexto de profundas desigualdades, dictaduras militares y movimientos sociales emergentes.

Esta corriente teológica, impulsada por figuras como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, entre otros, propuso una lectura del Evangelio desde la perspectiva de los pobres. Sus aportes fundamentales incluyen:

  • La opción preferencial por los pobres: los pobres no son objetos pasivos de asistencia, sino sujetos históricos de su propia liberación.
  • El método ver-juzgar-actuar: articula el análisis de la realidad social con la reflexión de fe y la acción transformadora.
  • La dimensión estructural del pecado: el pecado no es solo un acto individual, sino que se manifiesta en sistemas económicos, políticos y culturales que generan muerte.
  • El martirio como testimonio: figuras como Óscar Romero, asesinado por denunciar la represión, o los jesuitas de la Universidad Centroamericana en El Salvador, asesinados por su compromiso intelectual con la justicia, muestran el costo de la fidelidad evangélica.

La teología de la liberación no solo influyó en la reflexión académica, sino que transformó la práctica pastoral: impulsó las comunidades eclesiales de base, la lectura popular de la Biblia, la formación de líderes comunitarios y una liturgia más cercana a la vida y las luchas del pueblo. También generó debates éticos y prácticos sobre el papel de la Iglesia en la sociedad, el uso de la violencia y las relaciones entre fe y política.

Formas actuales de participación cristiana

En el presente, la participación cristiana en la defensa de los explotados y oprimidos adopta múltiples formas, muchas de ellas herederas de esa tradición liberadora.

Acompañamiento de luchas sociales

Los cristianos y cristianas participan activamente en movimientos por la vivienda digna, los derechos laborales, la defensa del territorio, los derechos de los migrantes y la justicia climática. Organizaciones como la Pastoral de la Tierra en Brasil, el Servicio Jesuita a Migrantes o numerosas comunidades de base acompañan a comunidades en resistencia y en la construcción de alternativas.

Incidencia política y construcción de alternativas

La fe impulsa también a influir en las leyes, luchar contra la corrupción, promover la igualdad y la diversidad, y exigir justicia económica. Los cristianos contribuyen a la construcción de economías alternativas como el comercio justo, las cooperativas y las finanzas éticas. La iniciativa “Economía de Francisco”, promovida por el papa Francisco, reúne a jóvenes economistas comprometidos con un paradigma económico que ponga en el centro la dignidad humana y el cuidado de la casa común.

Educación y sensibilización

La Iglesia, como una de las grandes voces del mundo, tiene una responsabilidad educativa: promover la conciencia sobre las situaciones de opresión y exclusión, y formar sujetos críticos capaces de comprender y transformar su realidad. Experiencias como Fe y Alegría, presente en numerosos países, articulan educación popular, alfabetización y concienciación política.

Diálogo interreligioso e intercultural

La lucha por la justicia no es exclusiva de los cristianos. El diálogo con otras tradiciones religiosas, con movimientos indígenas, afrodescendientes y organizaciones seculares amplía el horizonte de la acción transformadora y reconoce la pluralidad de caminos hacia una sociedad justa.

El magisterio del papa Francisco

El papa Francisco ha renovado con fuerza esta tradición. En Laudato Si’ denuncia la raíz humana de la crisis ecológica y propone una ecología integral que une justicia social y ambiental. En Fratelli Tutti critica el paradigma tecnocrático y la cultura del descarte, llamando a construir una fraternidad universal. Su insistencia en una Iglesia “en salida”, pobre y para los pobres, orienta hoy la participación cristiana en los procesos de liberación.

Desafíos y tensiones

La participación cristiana en estas luchas no está exenta de dificultades. Existe el riesgo de reducir la fe a una ideología política o de instrumentalizarla para fines partidistas. La fidelidad evangélica exige mantener la tensión entre compromiso histórico y trascendencia del Reino.

En muchos contextos, los cristianos comprometidos con la justicia enfrentan persecución, difamación e incluso la muerte. El asesinato de líderes como Berta Cáceres en Honduras o las amenazas contra defensores de derechos humanos en América Latina y otras regiones revelan el costo del compromiso.

También existen tensiones dentro de las iglesias entre quienes priorizan la dimensión espiritual y quienes enfatizan el compromiso social. La polarización política contemporánea atraviesa a las comunidades cristianas y dificulta la unidad en torno a causas comunes.

Finalmente, los cristianos deben reconocer la complicidad histórica de las iglesias con estructuras de opresión —colonialismo, esclavitud, regímenes autoritarios— y asumir una actitud de humildad, autocrítica y reparación.

Conclusión

La participación de los cristianos en la lucha por los derechos de los explotados, oprimidos y excluidos es vital. No se trata solo de una cuestión de coherencia con la fe, sino de una manera concreta de transformar la realidad y hacer presente el Reino de Dios en la historia. Los cristianos pueden ser un motor significativo para una sociedad más justa y equitativa, donde todas las personas puedan disfrutar de sus derechos y de su dignidad.

Desde la tradición profética hasta la teología de la liberación y el magisterio actual, la fe cristiana ha demostrado que el amor al prójimo no puede separarse de la lucha contra las estructuras que generan sufrimiento. En un mundo marcado por nuevas y viejas formas de opresión, esta participación sigue siendo una contribución esencial que no puede subestimarse. Como afirmaba Óscar Romero, “la Iglesia no puede ser sorda ni muda ante el clamor de millones de hombres que piden a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte”. La esperanza cristiana se convierte así en compromiso histórico, sin perder de vista la promesa de una justicia plena que solo Dios puede consumar.